viernes 13 de noviembre de 2009

Sobre anatemas y excomuniones

Hoy he tenido una sorpresa agridulce. Al visitar el blog de la prestigiosa revista Letras Libres encontré una respuesta de Julián Herbert a la entrada anterior de Arte y Textos. “Qué bueno” –me dije–; “Letras Libres repara en mi modesto blog”. Esa es la faceta dulce.

El lado acre está contenido en las acusaciones y lecciones que Herbert me prodiga. Como se puede leer en su nota, que transcribo más abajo para mejor información de los lectores, además de acusarme de “autoritario” y “falto de ética”, Herbert me alecciona sobre las reglas que a su juicio deben imperar en la crítica de arte: “reflexionar acerca de la poética, la retórica, la coherencia interna de obras específicas”. Y agrega en el mismo párrafo que la crítica de arte no debe “dictar índices eclesiásticos de censura”.
Frente a semejantes descalificaciones, que me convierten repentinamente en autoritario, falto de ética y censor eclesiástico, lo primero que se me ocurre es deplorar la virulencia de Herbert y su nula capacidad para asimilar la discrepancia. Si se sopesa con calma, se verá que el texto que originó sus exabruptos sólo enuncia mi admiración ante los extremos que puede alcanzar la credulidad humana.
Luego de citar creencias muy tradicionales y muy extendidas, me referí en él, específicamente, a las “esculturas sonoras”, como Herbert llama a los ruidos emitidos por la artista Marcela Armas, y a los pozos que el escultor Urs Fischer hizo cavar en una galería de arte, definidos por Roberta Smith como “asombrosamente bellos”, “instructivos” y “esclarecedores”.

En este punto debo aclarar que las opiniones de Herbert y las de miles o decenas de miles de creyentes en el arte conceptual son, por cierto, muy respetables, tan respetables como creer en los milagros cristianos, las dulces hetairas que pueblan el paraíso musulmán o las improbables leyes de la historia sacralizadas por el marxismo. Hasta el menos despierto de los ciudadanos sabe que todas esas creencias –conceptualismo incluido– gozan de una envidiable solidez, y que sus ritos y dogmas se apoyan en poderosas e influyentes redes mundiales de posesiones, sacerdotes y predicadores, pero es un grave error inferir que su existencia impone al resto del mundo la obligatoriedad de asimilar y compartir tales creencias.
En otras palabras, creo tener absoluto derecho a expresar mi incredulidad ante las “esculturas sonoras” y los “pozos esclarecedores” presentados como obras de arte, y a expresar mi asombro y mi admiración ante el hecho de que tanta gente se muestre decididamente inclinada a creer en ellos.
¿Eso es autoritarismo? ¿Es falta de ética? No lo creo. Me parece que la fórmula de Herbert: “reflexionar acerca de la poética, la retórica, la coherencia interna de obras específicas”, es válida como principio general, pero totalmente inaplicable cuando la poética y la coherencia interna sólo existen en la imaginación de un artista o un curador.
Es indudable que frente al objeto más banal o en el escenario menos apropiado, y bajo un estado de ánimo proclive a las ensoñaciones, todos podríamos experimentar el espontáneo despertar de un sentimiento poético. Esto podría suceder, incluso, frente a pozos y ruidos de bocinas, pero de allí a creer que los ruidos y los pozos son obras de arte, y sus autores verdaderos artistas, hay una distancia que me resulta insalvable.
Lo absurdo en la escolástica conceptual es pretender que el sentimiento poético surja frente a los ruidos y los pozos de manera universal y obligatoria, por decreto curatorial o por estar ubicados en el ámbito sagrado de la galería o el museo.

También me parece que el hecho de decir “yo no creo en eso” es, en realidad, una forma de ejercer el pensamiento crítico y la libertad de opinión: algo que todos deberíamos aprender a aceptar sin rasgarnos las vestiduras ni emitir alaridos de guerra.




Lo que sigue es el texto publicado en el blog de la Redacción de la revista Letras Libres

Arte, fe, análisis

Por Julián Herbert

Algunos críticos –cito el ejemplo del argentino Daniel Pérez, cuyas ideas pueden leerse aquí– opinan que la dimensión estética carece de vínculos positivos con la sociedad, la historia o la técnica: es meramente una cuestión de fe. Así, Pérez establece que las personas “crédulas” (según la dureza de su juicio casi podríamos llamarlas supersticiosas) avalan como arte cosas inverosímiles y ridículas: un pozo, la escultura sonora y, en fin, “la constante aparición de nuevas creencias, que se multiplican como enjambres de abejas en los prestigiosos panales del arte conceptual”… La idea tiene un trasfondo eminentemente platónico, y más específicamente romántico: aquello que Coleridge describió como “el suficiente interés humano como para lograr momentáneamente la voluntaria suspensión de la incredulidad que constituye la fe poética.” Hasta aquí todo bien, salvo que Coleridge presentó esta noción como un rasgo compositivo antes que crítico, y lo juzgaba un elemento de su poética, no una panacea que resumía todo criterio artístico. Para Daniel Pérez, en cambio, el apotegma encarna una subjetividad en cuyo enclave no tiene cabida el análisis lógico y/o material. Confieso mi incapacidad para avalar semejante idea del arte. No sólo me resulta anacrónica: la considero, ante todo, perezosa. Evidentemente, el crítico argentino obvia el meollo del asunto que con elocuencia expresa Coleridge: cuando una obra artística genera credulidad es precisamente por su valía. Históricamente, el arte más sólido es aquel que nos ha permitido creer en él. A despecho del cínico darwinismo social que nos rodea, hay una opinión de Sol Lewitt que se mantiene vigente: “ninguna forma es intrínsecamente superior a otra”. En este sentido, todo arte ha demandado siempre, a lo largo de la historia, nuestra fe poética. No tendría por qué ser de otro modo hoy. Rechazar esta dinámica equivale a abandonar los terrenos de la crítica y erigirse en una suerte de teólogo del arte.
Lo diré de otro modo: yo puedo negar en mi fuero interno la existencia espiritual de Dios, lo que no puedo hacer bajo ninguna circunstancia es negar la existencia cultural de Dios; estaría obviando siglos de tradición, conocimiento e historia. Análogamente, cualquiera puede enfadarse frente al arte conceptual. Lo que me parece autoritario es negar la existencia positiva del mismo arguyendo que es mera cosa de “crédulos”: el arte conceptual es una metonimia cultural vigente en nuestro tiempo, y cualquier crítico con ética –esté a favor o en contra del mismo– lo reconoce y procura analizarlo, no anatemizarlo. Al menos desde mi perspectiva, el trabajo de un crítico consiste en reflexionar acerca de la poética, la retórica, la coherencia interna de obras específicas; no dictar índices eclesiásticos de censura. Claro que mi formación es aristotélica. Para mí el arte no es una religión: es una práctica laica que corteja lo sagrado. Lo cual me resulta infinitamente más interesante.

viernes 6 de noviembre de 2009

De la credulidad como obra de arte

La dinámica de la creencia es uno de los grandes misterios de la condición humana. Nunca terminaré de admirar nuestra maravillosa facilidad para negar lo real o creer en lo que no existe. Un periodista francés escribió un libro para “demostrar” que el atentado contra las torres gemelas fue en realidad un autoatentado, urdido por la CIA para justificar las guerras de rapiña de George W. Bush. El presidente de Irán y un historiador alemán lideran la corriente de negación del Holocausto: según ellos, los campos de concentración nazis fueron una variante de Disneylandia y Hitler un patriota incomprendido. Los seguidores de Krishna creen que dentro de cada vaca moran trescientos millones de dioses y diosas. Los devotos de Carlos Marx creen en ciertas leyes inexorables de la historia, que encaminarán el mundo hacia el socialismo tal como la fuerza de gravedad atrae a la materia. Otros millones de personas creen en un dios, que misteriosamente es uno pero también es tres, capaz de resucitar a los muertos y de convertir el agua en vino. El rasgo común de esas negaciones y creencias extremas es su definitivo alejamiento de la racionalidad. La mayoría de ellas ya no nos asombran porque están muy extendidas y las conocemos desde siempre.

Lo que sí nos asombra –y a menudo nos deleita– es la constante aparición de nuevas creencias, que se multiplican como enjambres de abejas en los prestigiosos panales del arte conceptual. Hace unos días leí en la excelente revista mexicana Letras Libres un comentario firmado por Julián Herbert, sobre las “esculturas sonoras” de la artista Marcela Armas. La insólita creación se puede apreciar en los videos incluidos en la nota: uno de ellos muestra a la artista caminando por el centro de la calle, detrás de los automóviles, mientras hace sonar unas bocinas, como si ella fuera un vehículo más. Herbert subraya el profundo sentido poético de la obra con estas palabras: “en las grandes ciudades es el ruido uno de los componentes principales del objeto automóvil”. La nota termina con esta curiosa aseveración: “Un desliz común en el contexto crítico de hoy es emparentar, así sea inconscientemente, el arte sonoro con la música, cuando en realidad su vínculo tradicional se da obviamente con la escultura: el análisis poético de los ámbitos tridimensionales”. Luego de leer las consideraciones de Herbert, queda claro que las esculturas sonoras no se ven ni se tocan; son esculturas para escuchar. Pero ya se sabe cómo son los incrédulos: dicen que si se escucha no es una escultura. Y el día en que a Marcela Armas se le ocurra usar zapatos sonoros, dirán que anda a pata pelada.

En un texto aparecido en The New York Times, la crítica de arte Roberta Smith nos brinda otro ejemplo de credulidad extrema, referida a la muestra del escultor suizo Urs Fischer en el New Museum de Nueva York. El artista, dice la nota, “hace excavar grandes hoyos en las paredes o pisos de las galería y museos, o en el ocasional stand de la feria de arte, creando un efecto asombrosamente bello.” Una de sus obras más memorables, según la opinión de la crítica, “fue la excavación del piso de su galería de Nueva York, Gavin Brown’s Enterprise, a más de dos metros de profundidad”. En este caso, la obra de arte que nos admira y nos asombra es la credulidad sin límites de Roberta Smith, documentada por su capacidad para distinguir un pozo “asombrosamente bello” de un pozo prosaico y vulgar. ¿Qué dirá Roberta el día en que Fischer decida hacer un pozo de cuatro metros? Por ahora, ella se lamenta de que en la exposición del New Museum no se vean nuevos agujeros, ya que “hay muy poco en esta muestra que tenga la capacidad de impacto y asombro de los hoyos, que ataque el cubo blanco puro de la galería y ofrezca a la vez una belleza instructiva y esclarecedora propia”. De aquí en más nadie podrá hacerse el desentendido. Al enfrentar el próximo pozo, obsérvelo con mucha atención: si comprueba que es un pozo impactante, asombroso, instructivo y esclarecedor, usted deberá asumir que está frente a una obra de arte.

Reitero lo ya dicho: nunca terminaré de admirar nuestra maravillosa facilidad para negar lo real o creer en lo que no existe.

miércoles 4 de noviembre de 2009

El sueño de Ícaro. 1,00 x 0,90 m. óleo s/ tela, 2009